21/8/26
La deuda del descanso
Todas esas voces que vienen de fuera pero que acaban viviendo dentro.
Hay un cansancio que no se resuelve durmiendo ocho horas.
No tiene que ver solo con el cuerpo, sino con todo lo que sostenemos a escondidas. Una carga constante de pensamientos, de expectativas, de exigencias; todo lo que creemos que deberíamos ser y todavía no somos, que nos impide descansar en quien sí somos hoy.
Puedes hacer ejercicio, puedes comer bien, puedes organizarte y planificar tus tareas infinitas, puedes incluso dormir ocho horas, y sigue ahí de fondo una pesadez, un agotamiento mental que no se borra. No es una cuestión de «buenos hábitos», sino de identidad, de paz mental.
En nuestras vidas hay una contracción constante de estar intentando ser otra cosa, o de estar siempre en movimiento mental incluso cuando paramos. Ahí aparece lo que podríamos llamar una «deuda del descanso», y no solo de sueño, porque las horas de sueño que nos debemos son otro tema, amiga. Sino todas las veces que no hemos parado durante el día aun notando que aparecía un bajón claro que te estaba avisando. Hay gente más sensible a estos ciclos —sobre todo las mujeres, por estar sagradamente ligadas a nuestro ciclo hormonal—, pero esto se entrena, como todo.
La energía sube y baja, como así lo hacen el Sol y la Luna. La de veces que nos han dicho una y otra vez «la naturaleza es la mejor maestra»… pero sospecho que nos lo hemos tomado como un cuento romántico.
Imagínate ahora que no existiera la Luna, que no existiera la noche: el planeta se secaría por el Sol, consumiéndose a sí mismo. Imagínate ahora que no saliera nunca el Sol y solo la Luna brillara: directamente no habría vida. Hasta aquí entendemos la enseñanza, ¿verdad? No todo es producir y hacer, ni todo es dormir y descansar.
Aunque las más perspicaces ya sabrán qué viene ahora, me atrevo a profundizar más, porque aun sabiendo de sobra lo anterior, seguimos produciendo más que descansando. Y como digo al principio, no va solo del cuerpo. Somos naturaleza y tenemos ciclos: ni el Sol está en un mismo punto en el cielo todo el día, ni tampoco lo hace así la Luna. Lógica matemática, ¿cierto? Entonces, ¿cómo es eso de pretender llegar a todo, todo el rato? Eso es el equivalente al Sol en un único punto, la mente al 100 %: nos consumimos a nosotras mismas y pretendemos sentirnos descansadas y claras.
Cuando no respetamos esos ciclos y seguimos empujando, se va acumulando un cansancio más profundo y difícil de nombrar, que no se arregla con una siesta o con un fin de semana. Es un cansancio que tiene que ver con cargar un personaje que intenta llegar a una versión mejorada de una misma.
Entonces la pregunta no es solo cuánto duermes y cuáles son tus hábitos, sino quién eres detrás de todo eso. Quién se manifiesta cuando dejas de intentar mejorar, cuando dejas de seguir todas esas indicaciones externas «saludables» para una mejor vida, cuando dejas de perseguir una idea de ti.
La práctica de yoga nidra nos acerca a un descanso de esa idea de ti, para aprender a permanecer en lo que ya somos y sostener un espacio sin necesidad de hacer nada. Ni corregir, ni reparar, ni alcanzar nada.
Yoga nidra no requiere que nos durmamos, sino que despertemos en nuestra esencia, en el ser descansado que habita en nosotras, en nuestra paz mental.
Ablandar esa parte de nosotras que se mantiene en alerta constante y regresar a un estado natural del ser, a un sistema nervioso más flexible, que sabe distinguir los peligros reales de los impuestos.
Deshacerse de la idea pesada que tenemos de nosotras, para dejar salir la parte ligera de expectativas, es nuestra responsabilidad.
Con amor,
Laura